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Crítica | Requiem for a Dream (2000) ★★★★☆

El segundo largometraje de Darren Aronofsky es un trago amargo que me da gusto haber experimentado. Es con Requiem for a Deam que el estilo del director se establece en su máxima expresión e impacta de una manera que pocas películas han logrado. Este filme es una obra maestra creada con precisión.

Al igual que en Pi (1998), volvemos a ver el tema de la autodestrucción en busca de un ideal u obsesión, pero esta vez no es tan solo de una persona, sino de cuatro individuos (la madre, el hijo, la novia y el amigo) que de alguna forma u otra son llevados hacia lo más oscuro de su ser; esto gracias al uso y abuso de las drogas. Cabe aclarar que una cosa es explicarlo de una manera superficial, como lo estoy haciendo, la trama de este filme y otra es ver la ejecución que Aronofsky y compañía nos brindan en una intensa historia con momentos que te darán ganas de llorar y otros que te darán gana de pausar la película para recuperar el aliento antes de darle play. Así de intensa es “Requiem for a Dream”.

La película está basada en la novela homónima del escritor Hulbert Selby, Jr. quien, junto a Aronofsky, también escribió el libreto. El título hace referencia a una composición musical (requiem) la cual se toca antes de enterrar a una persona; en otras palabras, una oración dedicada a los muertos.

Sabiendo esto es de esperarse que este drama psicológico sea una experiencia amarga, pero no por eso menos impresionante y necesaria. Requiem for a Dream es una de esas películas que uno como cinéfilo tiene que ver en algún momento de su vida, porque es uno de los mejores y más impactantes filmes modernos, pero no es tarea fácil sentarse a verla. Por un lado, los aspectos técnicos son todo lo que uno quiere ver en cualquier producción y más; por el otro la historia se siente tan realista que te arrastra a su oscuridad gracias a su accesibilidad. Hay una cotidianidad en el desarrollo de la trama que la hace más incómoda cuando llega a su acto final. Esta es una película que toca temas que dan miedo y presenta escenarios más horribles que muchas películas de horror.

Vemos decaer a los personajes que componen la trama desde el comienzo y ya se encontraban de por si en un punto bajo de sus vidas cuando empieza el filme. Simplemente nosotros, como audiencia, nos montamos en una montaña rusa y somos testigos del vértigo que es ver hacia donde se dirigen las vidas de los personajes. Sin embargo, el filme cuenta con un poco de humor en su primer acto, cosa que agradezco porque si no hubiera sido bastante difícil terminar de ver la película de una sentada.

Con un elenco de primera compuesto por la ganadora del Oscar (1975) a mejor actriz Ellen Burstyn (The Exorcist, Alice Doesn’t Live Here Anymore, Resurrection), el ganador del Oscar (2014) a mejor actor de reparto Jared Leto (Dallas Buyers Club, Mr. Nobody, Fight Club), la ganadora del Oscar (2002) a mejor actriz de reparto Jennifer Connelly (Noah, A Beautiful Mind, Dark Water, Blood Diamond) y Marlon Wayans (Scary Movie, White Chick, G.I. Joe: The Rise of Cobra), tenemos una producción en la que todos los actores trajeron su mejor juego a la mesa. No hay quejas en esta área y la única razón por la que no me interesa profundizar en el excelente trabajo que hizo el reparto es porque la verdadera estrella es su director. Aronofsky muestra un estilo más definido y maduro que en “Pi”, pero no pierde la crudeza fantástica con la que explora sus recurrentes temas sobre la obsesión y auto destrucción. Además, los easter eggs sobre “Pi” son bien apreciados y hacen pensar que ambas películas se encuentran en el mismo universo. 

El tono, la edición y ritmo elevan la trama y demuestran la visión del director en un torbellino que en momentos nos presenta horrores psicológicos que muchos filmes de terror sueñan tener. A pesar de la naturaleza de la historia ser una poco apelante, Aronofsky logra atrapar a la audiencia de una manera que raya lo morboso, pero sin perder su oscura expresión artística.

La cinematografía junto a la edición son fundamental para definir lo que hoy conocemos como el estilo Aronofsky. El cinematógrafo Matthew Libatique (Noah, Pi, The Fountain, Black Swan, Gothika, Inside Man, The Number 23, Iron Man) se unió al director una vez más en la cinematografía mientras que Jay Rabinowitz (The Fountain, 8 Mile, Coffe and Cigarettes, The Tree of Life, Rampart) trabajó por primera vez con el director durante esta película. Pocas veces se ven que estos dos aspectos trabajen con tal sincronización para llevar una poderosa visión que a su vez funciona a favor del desarrollo de la historia y no solo es hecha para satisfacer el ego artístico (aunque también hay algo de eso, y esto no es un factor negativo).

La música, en un comienzo trae el mismo elemento electrónico que “Pi”, pero con un bajo mucho más presente. Eventualmente todo comienza a girar en la composición principal del filme, que de por sí antes de ver Requiem for a Dream ya era una de mis favoritas. Cada vez que el tema musical en la película una emoción diferente se apodera, pero siempre se mantiene la intensidad.

Los efectos visuales son perfectos. Desde el maquillaje hasta algunos efectos prácticos (para los que la hayan visto estoy hablando de la nevera) y efectos de luces. Hay uno que otro que comparados a los de hoy en día son un poco difícil de ignorar, pero nunca al punto de afectar la experiencia. Se podría decir que estos efectos, que por falta de palabras voy a describir como “viejo”, le aportan un aire de clásico moderno a la película. 

Al igual que en “Pi” Aronofsky sacrificó un poco del ritmo narrativo a favor de la edición y la historia. Al esta ser una intensa prácticamente de principio a fin, el filme se siente más larga y agobiante de lo que realmente es (sólo tiene una duración de 100 minutos). Por otra parte, es bueno que la película se sienta un poco lenta  porque el desarrollo de la historia ocurre durante un año aproximadamente, y uno acepta que transcurrió este tiempo sin dudarlo cuando lo indican.

Al final del día “Requiem for a Dream” es un trago amargo que estoy feliz haber tenido la oportunidad de “tomar”.


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